yo celeste

Los peligros de la Dualidad

Nuestra realidad terrena parece estar regida por la dualidad. Así lo contempla, desde antiguo,  el conocimiento taoísta y su no siempre bien entendido (en Occidente) concepto de Yin Yang. Bajo la imagen de la montaña, observando su ladera de luz y su contra parte sombría, esta teoría asume que nuestra realidad se basa en pares de contrarios: sombra-luz, femenino-masculino, pasivo-activo, contracción-expansión, arriba-abajo, energía-materia, generación-crecimiento, pesado-ligero, sol-luna, vacío-plenitud… Y si bien miramos, así parece que es. Mar-montaña. Campo-ciudad. Tierra-Cielo…

El Hombre no se escapa de ello. Tradicionalmente hemos venido asumiendo esta característica dual. Los diálogos medievales entre el corazón y la cabeza. La eterna batalla entre razón y emoción. El supuesto antagonismo entre cuerpo y espíritu. La problemática relación, esta ya más actual, entre la identidad de Luz y la identidad terrena…

Hemos culpado al cuerpo. Lo hemos visto como a un antagonista, lastre de nuestro espíritu, cuya imperfección y vicios impiden alcanzar a vivir en la gloria del espíritu, en la virtud de la Luz, en el placentero calor del amor de Dios… Hemos culpado a la emoción, a los sentimientos en pro de lo tangible, comprobable, mesurable, de la fórmula, de la lógica, de un raciocinio estructurador, predecible, normativo, directivo y etiquetador. Actualmente, al contrario, señalamos a la mente, que distorsiona la realidad, o la aprehende en función de su estructura neuronal, limitada, dado que únicamente puede aprender en base a la percepción de los cinco sentidos y en ningún caso es capaz de alcanzar la realidad no visible, inmaterial, etérica que sí alcanza a comprender y conectar el corazón, la intuición… bajo la que queremos vivir.

La filosofía taoísta lo tiene muy claro. Lo Yin y lo Yang no refleja realidades contrarias (aunque haya utilizado el término anteriormente), sino complementarias. En segundo lugar, no refleja realidades puras: todo elemento yin contiene algo de yang, y viceversa. En tercer lugar, ambas son relativas y únicamente se definen según el contexto, la acción… (la hoja de un árbol que cae es yin, pero cuando brota en primavera es yang; el agua helada es yin, pero el vapor de agua es yang). En cuarto lugar, ambos son partes indisolubles del Todo (Tao).

Nosotros en cambio seguimos empeñados en mantener la confrontación de partes, que en el caso del Hombre y su desarrollo y comprensión global, resulta altamente contraproducente. Entendemos o tratamos las “partes” como opciones excluyentes; ensalzando a una como la deseable, a veces por inalcanzable; señalando como culpable a la considerada contraria. Y la problemática no está en la naturaleza de estas “opciones”, que vemos como antitéticas. Ni siquiera en la existencia de dichas “opciones”, que hemos dado a entender como un camino de elecciones buenas/malas. La problemática se genera en cuanto las hemos considerado opciones y no partes del mismo todo.

No existe separación alguna entre nuestro Yo celeste y el yo terreno. El segundo es una manifestación del primero, anclada en un “recipiente” animal, mortal, tercerdimensional. Pero sigue siendo el mismo Yo, que coexiste en una realidad terrena, con la finalidad de llevar a cabo un aprendizaje que esta, con sus especiales características, le proporciona y que él necesita.

Tenemos tendencia a negar la vida terrena. A culpabilizar al cuerpo, a la carne, al entorno, al dinero, a la familia, a la vida laboral, a nuestro tipo de vida, a la sociedad… de no poder Ser, en mayúsculas. A pesar de que las energías son cada vez menos densas, y que nuestras identidades de Luz pueden permeabilizarse más y mejor en nosotros, seguimos estando en el mismo punto. Manteniendo la visión de la dualidad. Arriba y abajo. Nosotros y Ellos. Como si nuestras identidades de Luz, al cabo, fuesen un Ser meramente relacionado con nosotros.

La actual merma de densidad terráquea ha favorecido muchísimo el hecho de que nuestros Yoes de Luz puedan vehicularse más fácilmente en nosotros. Pero somos nosotros quienes hemos de hacer cuanto podamos por no trabar esa conexión o solventar los impedimentos que provocan ese distanciamiento. El precio de vivir en la dualidad, alejados u obviando a nuestro Yo de Luz es demasiado alto. Estas son las principales consecuencias:

  1. No nos llega la “voz del alma”. Es a través de la realidad multimensional que se vehiculan los “mensajes del alma”. La voz de nuestro Yo Superior (nosotros, en el plano etérico), pero también de nuestros guías, Maestros… No podemos recibir de manera adecuada la ayuda de los Hermanos celestes. No hay intuición, corazonadas… o estas son erróneas, meros “juegos mentales”. No surgen las “causalidades”.
  2. Al no recibir la voz interna, o no recibirla con claridad, tampoco sabemos cuáles son los pasos que en ese momento de nuestra vida debemos dar. Nosotros desconocemos cuál es el proceso evolutivo que estamos siguiendo. Nuestro Yo Superior sí lo conoce. Pero no nos llega su orientación.
  3. Se impide el aprendizaje del alma. No entendemos aquello que nos sucede, o porqué sucede de esa manera. Nos da la sensación de que el mundo pasa por nuestro lado o que las circunstancias son las que dirigen el día a día.
  4. Por otro lado, nos disponemos de las herramientas de Luz o recursos que pertenecen a nuestra realidad Superior.
  5. Predominan nuestras partes de sombra. La parte mental y emocional empiezan a cobrar un protagonismo no deseado, en esa falta de comprensión de la realidad. Aparecen sensaciones de soledad, de apatía, de falta de control… Nos sentimos desconectados de nuestro poder personal.
  6. Baja, por lo anterior, nuestra vibración. Se debilita el campo áurico y emitimos una vibración distorsionada que atrae otras vibraciones (personas, situaciones…) que no nos benefician.
  7. Tenemos la sensación de que la vida no fluye y de que hemos perdido (o no encontramos) nuestro sitio.
  8. Es una de las causas de la aparición de dolencias y enfermedades: “Toda enfermedad es desarmonía en el alma. La enfermedad aparece donde no hay alineamiento entre alma y la forma, la vida y su expresión” [Alice Bailey, La curación esotérica]; “La enfermedad es el resultado, en el cuerpo físico, de la resistencia de la personalidad a ser guiada por su alma” [doctor E. Bach].

Es fundamental, por ello, que no olvidemos nunca nuestro trabajo personal. Que nos conozcamos. Que aprendamos a reconocer qué actitudes, pensamientos… nos son realmente propios o forman parte de un prisma distorsionado (por la emoción, por una creencia, por influencia de otras personas, del entorno…). Es fundamental dedicarnos un tiempo diario a conectar con nuestro interior. A evaluar cómo fluyo, cómo me fluye la vida, qué está ocurriendo y lograr el entendimiento de ello. Es importantísimo no acostumbrarnos a estar mal, a la carencia, a la falta de fluidez, a los estados “vegetativos” en los que nos dejamos arrastrar por la corriente. Y si no somos capaces de llevar a cabo estos procesos de introspección no dudemos en buscar ayuda. Pero recuerda siempre esto: tú estás aquí para llevar a cabo una misión. Y esta misión: a) nadie más que tú la puede llevar a cabo; b) el beneficio de esta repercute directamente en el proceso evolutivo de otros compañeros de vida, y por consiguiente, del planeta y del Universo. Por ello TÚ ERES IMPORTANTE. TU VIDA ES IMPORTANTE. TU FELICIDAD ES IMPORTANTE. Porque EL UNIVERSO NO SERÍA LO MISMO SIN TI.

Gabriel Padilla

http://www.gabrielpadilla.es

 

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