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El Hombre y la Tierra

Los delfines nadan por todo el mediterráneo. Se encuentran en las costas de Barcelona o en los canales de Venecia, que además vuelven a tener peces. Pasearon ciervos en París, pavos reales por Madrid… Patos se bañan en fuentes públicas. La capa de ozono parece regenerarse. Las fotografías por satélite de la NASA confirman que la Tierra ha adquirido el verdor que lucía hace 30 años. Se vuelve a ver el cielo en muchas ciudades e incluso el Himalaya, a kilómetros, ante la falta de contaminación. En capitales como Madrid o Barcelona se registra un descenso del 70%. Los sismógrafos trabajan con una precisión nunca vista ante el descenso del ruido ambiental y de los traslados. La Naturaleza vuelve a manifestar su presencia. La que siempre tuvo. La que siempre estuvo y nosotros ignoramos. Tal vez para dejar mayor constancia de ello, como un gesto de desperezo, 15 volcanes entraron en erupción a la vez el viernes 10 de abril a la llamada del Krakatoa, el volcán más peligroso del mundo.

Cuando Lorca se enfrentó al paisaje de capitalismo y rascacielos de Nueva York tuvo claro que “un día los caballos vivirán en las tabernas / y las hormigas furiosas / atacarán los cielos amarillos (…) veremos la resurrección de las mariposas disecadas (…) Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos, / que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas, / que ya la Bolsa será una pirámide de musgo, / que ya vendrán lianas después de los fusiles” (“Ciudad sin sueño”). Su corazón sabía que por más que la mano del hombre intentase imponerse: “Aquí solo existe la Tierra. / La tierra con sus puertas de siempre / que llevan al rumor de los frutos” (“Panorama ciego de Nueva York”). Porque “yo que vengo del campo, sé que el hombre no es lo más importante” (conferencia).

El Hombre no es un ser que corresponda a la Tierra. El Hombre es un “recipiente” evolucionado ex profeso, tal y como explico en mi libro, cuya utilidad no es otra que la de encajar las realidades de Luz (nosotros) que vienen a llevar a cabo un proceso evolutivo. Pero entendamos este hecho en su justa medida. La Tierra es un escenario más de los millones y millones de escenarios, físicos o interdimensionales a los que podemos ir a realizar el proceso evolutivo que necesitamos. Sabemos que no estamos ligados al planeta de alguna forma especial, como afirman algunas creencias, sino que únicamente encarnamos en humano-animal-tercerdimensional cuando esta existencia nos aporta el mejor escenario para el aprendizaje que precisa nuestro Ser. En este sentido, en función del mismo, escogemos el nódulo más adecuado, dentro de la tupida red existente de misiones de vida, que resulte más adecuado para la finalidad que he venido a trabajar. Se escoge familia, situación social, económica, lugar… Todo esto lo sabemos. También sabemos que al llegar al planeta olvidamos nuestro cometido, dado que el cerebro no tiene registrado a nivel sináptico dicha información, que pertenece y permanece en el Alma. Y que, he expuesto en diferentes ocasiones y medios, nuestra labor cumple un triple cometido: para nuestra evolución personal, la evolución planetaria, y la evolución cósmica. Pero, puestas sobre la mesa todas las cartas, salgamos ahora de ese ombligo propio desde el que entendemos siempre a nuestra medida el mundo que nos rodea, también el Universo, para ajustarlo a la realidad.

Nosotros vinimos a elevar la frecuencia del planeta Tierra. La Tierra es un portal de frecuencia que necesitaba ser despertado en su magnitud para, desde él, llevar a cabo la ascensión del espacio sistémico que ocupa. Era el planeta más denso de todo el sistema solar. Y fue necesario venir a trabajar en él para elevarlo al rango que corresponde. Por eso vinimos aquí. Que además la evolución de la especie humano/animal a través de la cual nos encarnamos en conexión con el entorno nos proporcionó escenarios y oportunidades, por sus particulares características, que nos ayudaron/ayudan en nuestros procesos individuales, por supuesto. También que la vida generada, las estructuras propias creadas por el hombre en su hábitat nos siguen proporcionando nuevas posibilidades resulta más que evidente. Pero nunca ha sido este el propósito original. Vinimos a acompañar a Gaia en su despertar. Eso sí, mucho después de que ya se hubiesen instalado los sus verdaderos sostenedores: los seres elementales y debas. Ellos vinieron en primera instancia para formar parte del sostenimiento material. Trabajando por y para Gaia. Siendo sus manos. Después aparecimos nosotros con la misión de elevar la frecuencia de portal que supone el planeta. El problema es que nos acabamos perdiendo.

Debas y elementales bien nos lo recriminan. Hemos acabado por maltratar, aniquilar, arrinconar… los reinos naturales a los que veníamos a integrarnos. Hemos impuesto (creído que podíamos imponer) un mundo nuevo, de reglas humanas, artificiales formado por egrégores mentales de dominio, miedo, poder… Un Sistema propio y autónomo que solo tiene en cuenta a aquello que forme parte del propio Sistema. Un Sistema que alcanza a todas las abstractas órdenes humanas (sociales, políticas, económicas, culturales…) cuyo único interés por lo natural, sea la propia Tierra, sea el propio Hombre, es que resulte de utilidad como leña de su caldera.

Balances, producción y números que destroza el pulmón del mundo para plantar soja, que ha aniquilado el 60% de la flora y la fauna en 50 años, que ignora el efecto invernadero, calentamiento del planeta, la desaparición de los polos… que ignora al Hombre si no tiene unas manos que le resulten de utilidad para explotar o una tarjeta de crédito con la que consumir felicidad.

Una abstracción cada vez más psicópata que se inició llevándonos por el camino de la desigualdad, el sometimiento… y que nos va a cercando cada vez más hacia un camino de autoextinción frente al cual solo hay una salida: el regreso al estado natural. A la convivencia armónica con el entorno en el que vivimos, que es el entorno que nos da la vida.

Hagamos lo que hagamos, la Tierra y sus Guardianes siempre podrán esperar. Nosotros no.

Gabriel Padilla