espiritualidad

Conferencia: Los 10 errores de la espiritualidad

¿Qué es la espiritualidad? ¿Qué tengo que hacer para “ser” espiritual? ¿Y en qué consiste exactamente lo de “ser espiritual”? ¿Se puede ser espiritual en los tiempos actuales?

Hace un tiempo recogí en un post los 10 errores (ver). Os dejo hoy la conferencia que realicé para la plataforma Mindalia Televisión el pasado mes de octubre a cerca de uno de los temas más importantes de los que trato en mi libro Metafísica angélica para la Llamada del Guerrero (2012-2020).

 

 

El Grial o los atajos del Guerrero de Luz

Hay una historia, la de Perceval, el caballero espiritual por excelencia, que resulta tan útil como significativa a la hora de entender algunos errores en nuestra andadura de progresión espiritual como Guerreros de la Luz.

La historia la conocemos por la pluma de Chrétien de Troyes, en Perceval o el cuento de Grial. Dice el autor que Perceval era el único hijo vivo de tres hermanos al cual su madre, la Dama Viuda, intentó preservar de la violencia en favor de la pureza criándolo en un apartado bosque, alejado del mundo y del contacto con la gente. Carente de experiencias, el joven creció malcriado, ingenuo, sin conocer la vergüenza, el miedo o la necesidad de pedir perdón,

Cuenta el autor que un día dos caballeros de la corte del rey Arturo cruzaron el bosque donde vivían madre e hijo. Y que Perceval se sintió absolutamente fascinado. Tanto que decidió, aún con la oposición de su madre, decide emprender la marcha a la corte. Quería ser uno de esos caballeros de reluciente armadura y caballo engalanado. El día que emprende el camino de la corte se marcha con tres consejos de su madre: la necesidad de la prudencia, no hablar nunca con desconocidos y que jamás hiciese preguntas. La frustración y el dolor de esta hace que caiga muerta mientras ve a su hijo partir. Este, ilusionado, ve la escena pero no siente más necesidad que la de seguir adelante.

El joven Perceval llega a Camelot. Irrumpe en el salón donde se encuentra Arturo y sus caballeros, sin ningún tipo de modales, pero nadie presta atención dado que se encuentran en medio de un grave episodio de afrenta: un oscuro caballero acababa de propinar una bofetada al Rey y ofendido a la reina. El recién llegado toma una pequeña lanza y, antes de que nadie pueda reaccionar lo mata y se queda con su armadura. Sintiéndose ya un caballero se marcha de la corte, sin esperar a que Arturo le otorgue tal nombramiento, dispuesto a vivir aventuras.

No tarda en descubrir que ni sabe conducir el caballo que ha tomado, ni manejarse con la armadura. Es entonces cuando la providencia le pone en el camino a un viejo maestro que le enseña el arte de la caballería que tanto le falta. A partir de aquí, Perceval vivirá muy diversas aventuras que le harán conocer el amor (de la bella Blancaflor) y convertirse en un verdadero caballero, justo, noble y leal a su rey, Arturo. Es entonces cuando, en su vida errante, llega a un paraje agreste, estéril, seco; sin apenas vegetación, ni vida. Allí mora el anciano Rey Pescador, que le invita a su castillo, el castillo del Grial.

El joven se encuentra, al entrar con un banquete presidido por el propio monarca (que momentos antes había dejado en el lago pescando). Éste le entrega una espada que de ser mal utilizada, se quebrará en mil pedazos y a continuación se abren las puertas y se inicia un extraño cortejo que le deja fascinado: sale un joven con una lanza que goteaba sangre, unos sirvientes le siguen con candelabros de oro y a continuación sale una joven portando el Grial del que emana una luz maravillosamente deslumbrante, pura, excelsa, que lo inunda todo. En presencia de tan magnífico objeto el banquete prosigue y es tan copiosa la comida, la bebida y la luz que emana del Grial que el caballero pierde el sentido. Al despertar, abrumado, encuentra el castillo vacío. No hay nadie. Ni rastro del banquete ni del Grial. Al salir, una joven le hace saber que estaba en su mano romper la maldición que pesaba sobre esas tierras y su monarca. Bastaba con haber hecho una sencilla pregunta para que el rey recobrara su salud y la tierra su prosperidad. Bastaba con que hubiese preguntado: “¿qué es el Grial?”

Son muchas las lecciones que se reflejan en esta historia, hábiles para cualquier Guerrero de la Luz en estos días. La principal de todas es que en el camino evolutivo no sirven coger, si no queremos pisar en falso como ocurre al joven Perceval.

Como expongo ampliamente en el libro La Llamada del Guerrero son tres los pasos evolutivos por los que un Guerrero de la Luz debe transitar. El primero de ellos es el más importante: todo guerrero debe de conquistar su propia libertad. La libertad de apegos, patrones limitadores (psicofamiliares, sociales…), las etiquetas impuestas, los reacciones instintivas proveniente de las propias sombras, las necesidades o imposiciones ajenas… Sólo así, el Guerrero puede ver el mundo con ojos limpios, sin máscaras ni filtros deformantes. Es entonces cuando puede ser, el segundo de los pasos, consciente de la verdad que él es y de la verdad que le rodea; de quién es en realidad y de qué función debe / puede cumplir.  A partir de ahí, el tercer paso no es más que una mera consecuencia de esto último. Es cuando el Guerrero pasa a la acción.

Aplicado al texto podemos entender ahora por qué Percelval no alcanza el Grial. El joven toma conciencia de que su lugar está en la caballería, pero lo hace desde el capricho, el deslumbramiento… No hay trabajo alguno en él. Llega a vestir las armas por su propio deseo, sin preparación o instrucción alguna, con el desconocimiento de lo que implica ser un caballero. ¿No os suena a mucha gente de la que encontramos en el camino que pretende “estar” sin “ser”? ¿Qué a golpe de título, curso o teoría enciclopédica obvia experiencia, dedicación y se coloca en primera línea? La historia de Perceval demuestra que cuando uno está en el camino que debe, que cuando uno es consciente le surge el maestro adecuado que le proporciona el adiestramiento que, posteriormente dará frutos en base a nuestro esfuerzo y ganas de no desaprovechar la oportunidad de seguir aprendiendo por el camino.

Pero ¿por qué pierde el Grial si ya parecía un caballero hecho y derecho? Volvamos de nuevo a la base de todo. Porque ni el maestro, ni la teoría, ni la práctica externa sirven de nada si nos hemos saltado el primer paso, si no hemos trabajado nuestro interior. En el caso de Percival, ante la visión tan resplandeciente objeto  mantuvo a rajatabla el tercer consejo que le diera su madre al partir: no harás preguntas.

La madre impuso su visión del mundo, su necesidad a tenor de la vida que había vivido. El temor a que la misma violencia que acabó con sus dos hijos mayores le arrebatase al último le hizo decidir sobre la vida de este para que viviese conociendo únicamente la pureza y la virtud. ¿Pero es la virtud lo que el joven conocía? ¿O el resultado del miedo y la necesidad de esta, que muere al ver cómo se trunca su plan de vida? Lo que me lleva a pensar en la de padres que llevan a sus hijos a yoga, a ballet, a fútbol o los inician en Reiki sin contemplar más allá de lo que ellos y para ellos (para sí mismos) consideran bueno. [¿Qué hace un niño de 8 años con una herramienta de sanación como Reiki, entre sus manos?]. ¿Puede la virtud, la progresión personal inculcarse desde fuera o debiera ser un acto consciente, propio, deseado y autorresponsable?

Sea por pretender “estar” sin “ser”, o sea por pretender que otros “sean” sin “estar” cuántos encuentros con nuestro  Grial no habremos echado a perder…

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Los 10 errores de la espiritualidad

[Fragmento de mi libro Metafísica angélica para la Llamada del Guerrero (2012-2020), pp.186-195]


“Según la perspectiva que se tome, estos errores se dividen en dos grandes grupos. Los primeros son aquellos que miran desde abajo hacia Arriba. Desde una posición de presente adolecemos por ese mundo perfecto que nuestro cerebro ha idealizado. Un mundo completamente separado del nuestro, en el que presumimos no existe ninguno de los males que padecemos en nuestra vida cotidiana. Un mundo al que hemos pertenecido y al que anhelamos volver, en tanto en cuanto consideramos es el mundo que realmente nos corresponde, lo que nos incita a no escatimar en hacer méritos que nos lleven de vuelta a él. Estos errores suponen una búsqueda de aquello que creemos no tener o que hemos perdido y, a las claras, suponen una huida –o la necesidad de escape– de una realidad presente que no aceptamos o nos negamos a asumir.

El segundo grupo es aquel que adopta una perspectiva distinta. Es cuando adoptamos una postura de un presunto Arriba y actuamos desde ahí, en este aquí abajo que en realidad nunca hemos abandonado. Desde tal posición nos esforzamos y nos forzamos a asumir un papel, una autoridad y una responsabilidad que en absoluto nos corresponde, una vez más en base a lo que nosotros creemos que debe ser. Forman parte de uno de los grandes engaños del ego y dado que son los errores más activos, constituyen los más peligrosos ya que la persona está poniendo todo su ejercicio en un puro espejismo.

Primer error: el concepto de “espiritualidad”. Es un concepto antiguo que venimos manteniendo de cuando la vida terrenal se veía separada de la realidad etérica, contemplada como la “otra vida” a la que accedíamos al transformarnos en espíritu, tras la muerte. Actualmente este concepto tan genérico ha venido a acaparar todo cuanto se relaciona con lo transpersonal y a tenor de cuanto sabemos hoy día respecto del funcionamiento del Universo y respecto de nuestras realidades dimensionales, a todas luces resulta no ya obsoleto, sino erróneo. Con la muy bien intencionada misión de englobar todo cuanto resulte inmaterial tal nomenclatura mantiene unas connotaciones que desvían la realidad, al poner su foco en un falso distanciamiento entre partes, conocimientos, realidades, que ya sabemos que no son sino uno/a. Nosotros y nuestro Yo Superior somos lo mismo, aun en vibración distinta, distinto plano y distinta conciencia.

Segundo error: el rechazo del mundo material. Es sin duda uno de los más antiguos. Este error se debe a una idealización exacerbada de la realidad etérica de la que venimos hablando. Entendemos que la materia nos impide ser quienes realmente somos. La que nos aprisiona, la que nos lastra y obliga a permanecer en un mundo que no es el que nos corresponde. Y hacemos cuanto podemos por intentar romper lo que entendemos como sus limitaciones. Antiguamente místicos y gurús lo hacían mediante ayunos, rezos, lecturas, retiros, mortificaciones del cuerpo… También culpabilizamos desde este error, además, a la realidad circundante (social, política, económica…) que en poco facilita nuestra pretensión y nos obliga a actuar fuera de nuestra conciencia. Pretendemos huir o establecer una separación que nos permita ser, cuando lo que en realidad deberíamos es saber estar, asumiendo nuestra responsabilidad de servicio en el aquí y ahora, porque es en el aquí y ahora donde está nuestro aprendizaje.

Tercer error: querer ser. Si en los dos casos anteriores encontrábamos claramente dos situaciones de huida, tanto en este tercer error como en el siguiente encontramos un matiz distinto: una huida hacia adelante. Es este un error muy cerebral. Seguimos en la dinámica de aceptar la parte celeste como la única buena, correcta y adecuada, esta vez con la diferencia de pretender vivirla en el aquí y ahora como si de la única fórmula viable se tratase; de una manera militante, mental. Esto nos conduce a un serio problema: querer no nos deja ser. Intentando llevar el control de lo que no es posible controlar quizá no estemos dejando espacio para la manifestación de quienes realmente somos o de lo que tengamos que hacer. Y tal vez estemos empeñados en algo que no tiene razón de ser con lo que además de no estar en el puesto que nos toca, cumpliendo con nuestro cometido, pudiera ser que estemos invadiendo el de algún otro con el perjuicio que ello supone.

Cuarto error: la “gula espiritual”. Es otro de los grandes errores originados por el intelecto que pretende entender y controlar. Cuando caemos en él simplemente nos preocupamos de saber, de acumular conocimientos, lecturas, cursos, seminarios, charlas, técnicas… sin más objetivo que el de entenderlo todo, pretendiendo llegar hasta la última consecuencia. Un proceso que lejos del anhelo original, acaba por promocionar la inacción, el hastío y el abandono dado que no conseguimos más que perdernos en la búsqueda. En primer lugar porque semejante afán de alcanzar a comprender la verdad última resulta una auténtica quimera que jamás lograremos. En segundo lugar porque al carecer de criterio u objetivo alguno lo que obtenemos es un anárquico caos del que no podemos sacar provecho alguno.

Quinto error: la “golosina espiritual”. De tal error ya advertía, en el siglo XVI, san Juan de la Cruz. Decía que quienes caen en este error “en sí son […] semejantes a los niños, que no se mueven ni obran por razón, sino por el gusto. Todo se les va a estos en buscar gusto y consuelo del espíritu, y para esto nunca se hartan de leer libros, y ahora toman una meditación, ahora otra, andando a la caza de este gusto con las cosas de Dios. A los cuales se les niega Dios muy justa, discreta y amorosamente, porque si esto no fuese, crecerían por esa gula y golosina espiritual en males sin cuento”. A primera vista en poco parece distanciarse del anterior, pero nada tiene que ver. Mientras aquel consistía en una compilación en aras de un entendimiento racional, cerebral, de un acto de control, en este caso de lo que se habla es de la adquisición de un provecho interior. Nada cabría objetar de no ser porque es precisamente la rentabilidad emocional o social lo que prima frente a hacer, a ser o a estar, frente al servicio que, para ser tal, debe quedar por entero libre de cualquier interés o satisfacción, incluido/a el/a personal.

Sexto error: la exageración. Este es un error muy común en el que habremos caído todos. Si estuviésemos hablando de lenguaje, sería lo que conocemos como hipercorrección. Bajo este error pretendemos atender y vivir tan exquisitamente bien nuestra parte transpersonal que, perdiendo el sentido de toda lógica, acabamos malmetiendo nuestra labor y por supuesto yendo en contra de nosotros mismos. Por él nos forzamos y esforzamos en funcionar tal y como los Seres de Luz que somos –tal y como nuestra imaginación nos da a entender– y convertimos la humildad en empequeñecimiento abnegado, el perdón en resignada aceptación, la fe en inacción pura…Nos negamos cualquier sentimiento que no sea felicidad, bienestar… Obligándonos a no enojarnos, a no preocuparnos… A reprimir cualquier reacción instintiva, a rectificar pensamientos y palabras que se alejen de los dictámenes de lo que nosotros suponemos Luz. Cuidándonos muy mucho de no caer ni vernos influidos o contagiados por ninguna de las aborrecibles manifestaciones de Oscuridad que nos acechan para trabar nuestras vidas y hacernos caer en desgracia.

Séptimo error: somos especiales. Este es también de los más comunes que solemos cometer cuando asumimos la parte de la transpersonalidad que conocemos y que nos lleva a darnos cuenta de que somos mucho más que un oficinista, una profesora, un número en el banco. Cuando asumimos que en realidad no importan tanto las facturas, la casa, las discusiones con los vecinos, con la familia… que nuestra vida cotidiana no es más que una parte incompleta del Ser que realmente somos y que podemos llegar a descubrir. Nada resulta reprochable hasta aquí, dado que todo cambio de conciencia conlleva un despertar interior que te hace ver la vida de una manera distinta. Siempre y cuando entendamos que en la medida en que nosotros somos especiales también lo es el resto de la gente, por lo que deberíamos afianzar aún más si cabe nuestra labor de servicio hacia un Bien Común de provecho y evolución, alejados de sobrevalorarnos por un ego henchido o de caer en una autocontemplación que nos conduzca hacia un autojustificado aislamiento del mundo, cuando no a un autojustificado rechazo del mundo.

Octavo error: el destino suprahumano. A veces viene en conjunción o a colación del anterior. Preponderar la misión terrena por encima de la propia vida terrena es uno de los grandes errores en los que podemos caer. Más allá de quienes seamos cósmicamente, nuestro destino se encuentra en nuestro presente. Nuestra labor también. No podemos menos-preciar el entorno en el que estamos porque precisamente es este el que nos va a proporcionar las experiencias y los aprendizajes para que podamos llevar a cabo la evolución que pretendemos. Una evolución que nosotros desconocemos y que puede esconderse en lo que al parecer de nuestro ego resulte lo más vulgar y menos significativo de este mundo, mientras nosotros seguimos empecinados en misiones que consideramos más interesantes.

Noveno error: la autoconfianza espiritual. Este es uno de los errores más dañinos. Alice Bailey lo define como “los principios astrales del discípulos”. Cuando caemos en él justificamos nuestros pasos, nuestros actos, nuestras palabras, en base a una realidad interior que hemos fraguado como verdad totémica, única e incuestionable que nos lleva a contemplar el mundo, las personas o las situaciones bajo nuestro prisma irrecusable. Y lo que es peor, no dudamos en manifestarla, imponerla o en vapulear a cualquiera que nosotros consideremos merecedor de una lección de vida.

Décimo error: la salvación espiritual. De nuevo otro de los grandes errores en los que caemos. Cuando entendemos que nuestro camino, que el proceso por el que hemos pasado, es de utilidad para todo el mundo. Cuando nos aventuramos además a intentar ser salvadores de los demás, creyendo que los demás tienen que ser salvados. Es un grandioso error no entender la premisa básica de que la evolución de cada uno es personal e intransferible, que no existen fórmulas ni atajos para la resolución de nada y de que cada uno tiene su tempo de evolución, su modo de resolver las disyuntivas que la vida le plantea, que no tiene por qué ser igual al de ningún otro.

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