espiritualidad

El servicio

“La era pisceana preparó lenta, muy lentamente, el camino para la divina expresión del servicio, que será la gloria de los siglos venideros. Hoy el mundo está llegando firmemente a comprender que “ningún hombre vive para sí mismo” y que sólo cuando el amor, sobre el cual se ha escrito y hablado tanto, se exterioriza como servicio, el hombre puede estar a la altura de su capacidad innata.

No es fácil servir. Recientemente el hombre comienza a aprender a servir.

El servicio generalmente se interpreta como algo muy deseable, pero raras veces se comprende cuán difícil es servir. Implica sacrificar tiempo, todo aquello que nos interesa y las propias ideas; requiere un trabajo excesivamente arduo, porque necesita un esfuerzo deliberado, sabiduría consciente y habilidad para trabajar sin apego. Estas cualidades no las logra fácilmente el aspirante común; sin embargo, la tendencia a servir es una actitud que posee hoy una vasta mayoría de personas en el mundo. Tal el éxito obtenido por el proceso evolutivo.

A menudo se considera que servir consiste en lograr que las personas adopten el punto de vista de aquel que sirve, porque para el seudo servidor es bueno, verdadero y útil y, lógicamente, creerá que será bueno, verdadero y útil para todos. Muchos creen que servir es darle algo al pobre, al afligido, al enfermo y al desgraciado, porque consideran que deben ayudarlos, sin comprender que esta ayuda se ofrece primordialmente porque se sienten incómodos ante las condiciones afligentes y, por lo tanto, deben esforzarse por mejorar tales condiciones a fin de sentirse nuevamente cómodos. Esta forma de prestar ayuda, alivia el propio malestar, aunque no logre liberar ni aliviar a los que sufren.

El servicio demuestra con frecuencia un temperamento preocupado o superactivo, o bien una disposición de autosatisfacción que lleva a su poseedor a realizar ingentes esfuerzos para cambiar las condiciones y convertirlas en lo que él cree que debe ser, obligando así a las personas a estar de acuerdo con lo que el servidor cree que debe hacerse.

También el servicio puede surgir del deseo fanático de seguir los pasos del Cristo, el gran Hijo de Dios que “hizo el bien” y dio el ejemplo para que siguiéramos Sus pasos. Por lo tanto estas personas sirven por el sentido de obediencia y no por el sentimiento espontáneo de exteriorizarse hacia el necesitado. Allí no existe esa cualidad esencial de prestar servicio, y todo se reduce a tentativas. El servicio puede similarmente efectuarse por un profundo y arraigado deseo de alcanzar la perfección espiritual, considerada una de las facultades necesarias para el discipulado, y el que quiere llegar a ser un discípulo debe servir. Esta teoría es correcta, pero carece de la sustancia viviente del servicio. El ideal es correcto, verdadero y meritorio, pero el móvil que subyace en él es completamente erróneo.

El servicio puede ser prestado porque está de moda y se ha convertido en una costumbre el estar ocupado haciéndolo de algún modo. La marea sube. Todo el mundo sirve activamente en sociedades de beneficencia, en empresas filantrópicas, en la Cruz Roja, en instituciones de elevación cultural y en la tarea de aliviar las malas condiciones del mundo. Servir está en boga. Servir da la sensación de poder, conquista amigos y es una forma de actividad grupal y, con frecuencia, beneficia mucho más al servidor (en el sentido mundano) que al servido. Sin embargo, a pesar de los móviles erróneos y las falsas aspiraciones, se presta un constante y espontáneo servicio. La humanidad va hacia una correcta comprensión de lo que significa servir.

Cuando el yo personal inferior se subordina a los ritmos superiores y obedece a la nueva Ley del Servicio, entonces la vida del alma comienza a fluir a través del hombre y llega a los demás: el efecto que produce en su familia y en su grupo inmediato se demuestra en real comprensión y en prestar verdadera ayuda. A medida que se aplique esa corriente de vida afluirá con más fuerza y se extenderá desde el pequeño grupo familiar circundante hasta quienes se hallan en las inmediaciones. Entonces se hace posible una amplia serie de contactos hasta que, oportunamente (si han vivido varias vidas influidos por la Ley del Servicio), el efecto de la vida afluyente puede llegar a ser nacional y mundial. Pero esto no debe ser planeado y tampoco se luchará para imponerlo como un fin en sí mismo. Será una expresión natural de la, vida del alma, adquiriendo forma y orientación de acuerdo al rayo a que pertenece el hombre y a la expresión de su vida pasada, y estará coloreada y ordenada por las condiciones ambientales – de tiempo, período, raza, edad. Será una corriente viviente y una acción espontánea, y la vida, el poder y el amor demostrados, provenientes de los niveles del alma, tendrán una fuerza poderosa y atractiva sobre las unidades del grupo con las cuales el discípulo puede entrar en contacto en los tres mundos de expresión del alma”.

Dwjal Khul (maestro Tibetano), a través de Alice Baily

El discipulado en la Nueva Era, Vol. II

Los peligros de la Dualidad

Nuestra realidad terrena parece estar regida por la dualidad. Así lo contempla, desde antiguo,  el conocimiento taoísta y su no siempre bien entendido (en Occidente) concepto de Yin Yang. Bajo la imagen de la montaña, observando su ladera de luz y su contra parte sombría, esta teoría asume que nuestra realidad se basa en pares de contrarios: sombra-luz, femenino-masculino, pasivo-activo, contracción-expansión, arriba-abajo, energía-materia, generación-crecimiento, pesado-ligero, sol-luna, vacío-plenitud… Y si bien miramos, así parece que es. Mar-montaña. Campo-ciudad. Tierra-Cielo…

El Hombre no se escapa de ello. Tradicionalmente hemos venido asumiendo esta característica dual. Los diálogos medievales entre el corazón y la cabeza. La eterna batalla entre razón y emoción. El supuesto antagonismo entre cuerpo y espíritu. La problemática relación, esta ya más actual, entre la identidad de Luz y la identidad terrena…

Hemos culpado al cuerpo. Lo hemos visto como a un antagonista, lastre de nuestro espíritu, cuya imperfección y vicios impiden alcanzar a vivir en la gloria del espíritu, en la virtud de la Luz, en el placentero calor del amor de Dios… Hemos culpado a la emoción, a los sentimientos en pro de lo tangible, comprobable, mesurable, de la fórmula, de la lógica, de un raciocinio estructurador, predecible, normativo, directivo y etiquetador. Actualmente, al contrario, señalamos a la mente, que distorsiona la realidad, o la aprehende en función de su estructura neuronal, limitada, dado que únicamente puede aprender en base a la percepción de los cinco sentidos y en ningún caso es capaz de alcanzar la realidad no visible, inmaterial, etérica que sí alcanza a comprender y conectar el corazón, la intuición… bajo la que queremos vivir.

La filosofía taoísta lo tiene muy claro. Lo Yin y lo Yang no refleja realidades contrarias (aunque haya utilizado el término anteriormente), sino complementarias. En segundo lugar, no refleja realidades puras: todo elemento yin contiene algo de yang, y viceversa. En tercer lugar, ambas son relativas y únicamente se definen según el contexto, la acción… (la hoja de un árbol que cae es yin, pero cuando brota en primavera es yang; el agua helada es yin, pero el vapor de agua es yang). En cuarto lugar, ambos son partes indisolubles del Todo (Tao).

Nosotros en cambio seguimos empeñados en mantener la confrontación de partes, que en el caso del Hombre y su desarrollo y comprensión global, resulta altamente contraproducente. Entendemos o tratamos las “partes” como opciones excluyentes; ensalzando a una como la deseable, a veces por inalcanzable; señalando como culpable a la considerada contraria. Y la problemática no está en la naturaleza de estas “opciones”, que vemos como antitéticas. Ni siquiera en la existencia de dichas “opciones”, que hemos dado a entender como un camino de elecciones buenas/malas. La problemática se genera en cuanto las hemos considerado opciones y no partes del mismo todo.

No existe separación alguna entre nuestro Yo celeste y el yo terreno. El segundo es una manifestación del primero, anclada en un “recipiente” animal, mortal, tercerdimensional. Pero sigue siendo el mismo Yo, que coexiste en una realidad terrena, con la finalidad de llevar a cabo un aprendizaje que esta, con sus especiales características, le proporciona y que él necesita.

Tenemos tendencia a negar la vida terrena. A culpabilizar al cuerpo, a la carne, al entorno, al dinero, a la familia, a la vida laboral, a nuestro tipo de vida, a la sociedad… de no poder Ser, en mayúsculas. A pesar de que las energías son cada vez menos densas, y que nuestras identidades de Luz pueden permeabilizarse más y mejor en nosotros, seguimos estando en el mismo punto. Manteniendo la visión de la dualidad. Arriba y abajo. Nosotros y Ellos. Como si nuestras identidades de Luz, al cabo, fuesen un Ser meramente relacionado con nosotros.

La actual merma de densidad terráquea ha favorecido muchísimo el hecho de que nuestros Yoes de Luz puedan vehicularse más fácilmente en nosotros. Pero somos nosotros quienes hemos de hacer cuanto podamos por no trabar esa conexión o solventar los impedimentos que provocan ese distanciamiento. El precio de vivir en la dualidad, alejados u obviando a nuestro Yo de Luz es demasiado alto. Estas son las principales consecuencias:

  1. No nos llega la “voz del alma”. Es a través de la realidad multimensional que se vehiculan los “mensajes del alma”. La voz de nuestro Yo Superior (nosotros, en el plano etérico), pero también de nuestros guías, Maestros… No podemos recibir de manera adecuada la ayuda de los Hermanos celestes. No hay intuición, corazonadas… o estas son erróneas, meros “juegos mentales”. No surgen las “causalidades”.
  2. Al no recibir la voz interna, o no recibirla con claridad, tampoco sabemos cuáles son los pasos que en ese momento de nuestra vida debemos dar. Nosotros desconocemos cuál es el proceso evolutivo que estamos siguiendo. Nuestro Yo Superior sí lo conoce. Pero no nos llega su orientación.
  3. Se impide el aprendizaje del alma. No entendemos aquello que nos sucede, o porqué sucede de esa manera. Nos da la sensación de que el mundo pasa por nuestro lado o que las circunstancias son las que dirigen el día a día.
  4. Por otro lado, nos disponemos de las herramientas de Luz o recursos que pertenecen a nuestra realidad Superior.
  5. Predominan nuestras partes de sombra. La parte mental y emocional empiezan a cobrar un protagonismo no deseado, en esa falta de comprensión de la realidad. Aparecen sensaciones de soledad, de apatía, de falta de control… Nos sentimos desconectados de nuestro poder personal.
  6. Baja, por lo anterior, nuestra vibración. Se debilita el campo áurico y emitimos una vibración distorsionada que atrae otras vibraciones (personas, situaciones…) que no nos benefician.
  7. Tenemos la sensación de que la vida no fluye y de que hemos perdido (o no encontramos) nuestro sitio.
  8. Es una de las causas de la aparición de dolencias y enfermedades: “Toda enfermedad es desarmonía en el alma. La enfermedad aparece donde no hay alineamiento entre alma y la forma, la vida y su expresión” [Alice Bailey, La curación esotérica]; “La enfermedad es el resultado, en el cuerpo físico, de la resistencia de la personalidad a ser guiada por su alma” [doctor E. Bach].

Es fundamental, por ello, que no olvidemos nunca nuestro trabajo personal. Que nos conozcamos. Que aprendamos a reconocer qué actitudes, pensamientos… nos son realmente propios o forman parte de un prisma distorsionado (por la emoción, por una creencia, por influencia de otras personas, del entorno…). Es fundamental dedicarnos un tiempo diario a conectar con nuestro interior. A evaluar cómo fluyo, cómo me fluye la vida, qué está ocurriendo y lograr el entendimiento de ello. Es importantísimo no acostumbrarnos a estar mal, a la carencia, a la falta de fluidez, a los estados “vegetativos” en los que nos dejamos arrastrar por la corriente. Y si no somos capaces de llevar a cabo estos procesos de introspección no dudemos en buscar ayuda. Pero recuerda siempre esto: tú estás aquí para llevar a cabo una misión. Y esta misión: a) nadie más que tú la puede llevar a cabo; b) el beneficio de esta repercute directamente en el proceso evolutivo de otros compañeros de vida, y por consiguiente, del planeta y del Universo. Por ello TÚ ERES IMPORTANTE. TU VIDA ES IMPORTANTE. TU FELICIDAD ES IMPORTANTE. Porque EL UNIVERSO NO SERÍA LO MISMO SIN TI.

Gabriel Padilla

http://www.gabrielpadilla.es

 

La Gran Invocación: energía y significado

Seguramente la habrás encontrado por las redes sociales, en algún anuncio de alguna revista especializada. Tal ve la hayas conocido en algún curso o por que se te ofreció en formato de calendario….

La Gran Invocación es una oración aconfesional, aparentemente anónima, destinada a ser utilizada y divulgada para beneficio de todos los Hombres de Buena Voluntad. Pero ¿sabías que esta oración fue transmitida por el maestro Tibetano Dhjwal Khul a través de Alice Bailey? ¿Qué su texto promueve las energías de las Festivales Espirituales?

Descubre todo esto y mucho más a cerca de este importante texto en el presente video. Espero que lo disfrutes.

 

Gabriel Padilla

http://www.gabrielpadilla.es

 

Ayudas celestes

   ¡Qué difíciles las misiones, aquí en la Tierra! Ya lo he referido en alguna otra ocasión (véase mi video “Misiones y contratos de vida”). Difíciles porque nos encarnamos en la 3D y olvidamos quiénes somos, perdemos nuestras capacidades o características y posibilidades multidimensionales y, lo más importante, olvidamos qué hemos venido a hacer aquí, sin que nada de ello excuse el cumplimiento de la labor evolutiva aceptada. Una labor encarada, me remito de nuevo a la conferencia anteriormente citada, a un cometido triple: nuestra propia evolución personal, la evolución colectiva terrena (que implica al colectivo humano y, por extensión al planeta) y el proceso ascensional colectivo universal (que implica la progresión de la propia Hermandad Blanca a la que todos pertenecemos, y desde donde todos trabajamos, y por extensión, el Multiverso que cohabitamos).

Es difícil. Sí. Pero precisamente porque desde la Hermandad se es consciente de ello, a todos los que tenemos que realizar una labor evolutiva teniendo la Tierra como escuela ocasional, se pone a nuestra disposición todo un régimen de ayudas con la finalidad que, amén de nuestra pericia, podamos lograr el éxito que pretendemos y, por triplicado, necesitamos.

La primera ayuda que tenemos es la de nuestro Guía. Desde el minuto cero de nuestra concepción, cuando el alma, como se dice comúnmente, (en realidad nuestro Yo Superior), se vincula con la parte física que va a surgir para la encarnación ya contamos a “nuestro lado” con un Guía. Un Ser de Luz, como nosotros, que se mantendrá en el plano etérico y nos acompañará el resto de nuestra existencia terrenal para asistirnos u orientarnos en todo cuanto podamos necesitar para el cumplimiento de nuestra misión.

Para los más tiquismiquis: ¿exactamente cuándo se establece ese vínculo entre la identidad de Luz y el futuro cuerpo terreno? Hay diferentes tradiciones que afirman que a los 120 días de embarazo (según afirmó el Yogui Bhajan, desde las enseñanzas kundalini), otras que a los 3 meses (), hay quien dice que el alma entra por la pineal a los 49 días… El vínculo se establece en el mismo momento de la concepción. Así se me dijo en una ocasión en la que consulté a mis Maestros al respecto. En cuanto se produce la fecundación y el cigoto realiza su primera división, el vínculo está establecido. Aunque ahora no quiero irme por las ramas. Este es un tema que trataré en un futuro porque da mucho de sí. La cuestión es que desde el primer instante un Guía baja con nosotros. Formamos parte de su misión  (¿recordáis que todas las misiones están entrecruzadas?).

En segundo lugar, tenemos a Guías, Maestros Ascendidos, Ángeles o Arcángeles… etc que pueden venir a trabajar desde la más estrecha proximidad en momentos puntuales que lo necesitemos, en función del proceso evolutivo que estemos llevando a cabo. Cuando estos vienen a trabajar con nosotros, nuestro Guía personal cede su lugar, “da un paso atrás” decimos, para ceder el protagonismo de la orientación al nuevo Hermano de Luz que, una vez cumplido el cometido, una vez hayamos solventado el proceso o aprendido lo necesario, volverá a marchar para dejar paso de nuevo a nuestro Guía habitual. ¿Durante cuánto tiempo se quedan con nosotros? Lo dicho. Dependiendo de la necesidad de nuestro proceso. Yo recuero haber estado trabajando con Sananda durante unos 6 meses y en cambio apenas una semanas con el Arcángel Azrael, que vino a prestarme protección.

En tercer lugar, independientemente de que trabajemos más o menos estrechamente con ellos (el punto anterior, que un Maestro se ponga a nuestro lado es algo que deciden ellos, no nosotros), tenemos a nuestra disposición a todos los miembros de la Hermandad Blanca y sus Consejos, para solicitar la ayuda, consejo, orientación, herramientas y todo cuanto podamos necesitar. Porque en el Universo existe una ley tan sagrada como la del libre albedrío. Es la Ley de la Invocación. La establecimos nosotros, los miembros de la Hermandad, y es de obligado cumplimiento. Dicha ley dice así: “todo acto de invocación, exige un acto de evocación”. Es decir, que siempre, siempre, siempre, absolutamente siempre que un Hermano solicita ayuda, siempre, siempre, siempre, absolutamente siempre, éste será atendido. Cosa muy distinta es que pidamos algo y nos de la impresión de que no hemos sido escuchados. Esto no ocurre nunca. Jamás. En todo caso la contestación no hemos sabido verla. Pero no pasa nada. Lo que debemos hacer es simplemente volver a realizar nuestra petición, consulta… y pedir que en esta ocasión nos la hagan llegar de manera que nos resulte comprensible.

Porque, exceptuando las canalizaciones directas, de las que ya hablaremos también en otra ocasión, ¿de qué manera nos hacen llegar todos ellos sus orientaciones? De tres formas distintas:

  1. Intuiciones, corazonadas, precogniciones…: Muchas de esas intuiciones que tenemos en realidad no son nuestras. Es la forma más común que tiene nuestro Guía de comunicarse con nosotros. Aquí todos podríamos poner miles de ejemplos, a poco que pensemos un poco. Puede ir desde apuntarse a un curso que no sabes ni de qué va, pero sabes que tienes que ir, hasta insistir en ir por una calle en una ciudad desconocida cuando vas perdido y dar con el lugar que querías.
  2. Señales: Quizá el recurso más conocido/solicitado por nosotros y donde más se demuestra la “creatividad” de Arriba para hacernos llegar el mensaje o la orientación. Canciones que escuchamos constantemente, siempre el mismo fragmento (en la radio, alguien la silva al lado en el bus, la oímos en un politono de móvil…), atiende a la letra. Si insistes en hacer algo y todo son contratiempos, reflexiona si debes hacerlo o si es el momento. Cuando no sabes si irte un fin de semana fuera porque vas con el dinero justo pero necesitas un parón y encuentras el buzón lleno de publicidad de agencias de viaje…; confía y márchate. Cuando encuentras plumitas blancas en lugares imposibles (¿un ascensor? ¿tu habitación? ¿la oficina?) se te está diciendo, tranquilo/a, estamos a tu lado. Cuando no paras de ver números repetidos, repetitivos o capicúas. Mira a ver qué significado tiene en tu vida o en la numerología.
  3. Sincronicidades: Es uno de los “diálogos” que más sorprenden siempre. Unifican el tiempo y el espacio. Aunque solemos verlas como “casualidades”. ¿Has pensado alguna vez en alguien y justo ese día, o en ese instante te la has encontrado por la calle o te ha llamado por teléfono? ¿Has querido leer algo sobre un tema y poco después alguien te presenta a alguien que ha hecho un curso o incluso es docente precisamente de eso que te interesaba?

Realmente a veces parece pura magia… si no supiéramos quiénes están detrás apoyando y arropando nuestros procesos evolutivos y vitales. Pero lo más importante es que tomemos conciencia de ello. Porque sólo así podremos facilitarles la labor. En la medida en que ellos sean conscientes de que somos conscientes, valga la redundancia, de su labor es cuando se permiten ser aún más exhaustivos, dado que estamos abriendo la puerta a una interacción mucho más clara y directa. Por ende, también es importante que pidamos, que solicitemos esa ayuda porque en muchas ocasiones, en respeto del libre albedrío ellos se van a permitir no actuar salvo que lo pidamos explícitamente.

¡Qué diferente es ir por la vida sabiendo que no estás solo/a!

Un gran abrazo.

Gabriel Padilla

EL GUERRERO DE LUZ

Cuando pensamos en un Guerrero de Luz nos dejamos guiar siempre por los patrones de generalización con los que se organiza nuestro cerebro y lo primero que se nos viene a la cabeza es lo externo. En primer lugar la apariencia: armadura, espada, casco… ¿caballo, quizá? En segundo lugar (tal vez el primero o el único para muchos) la acción: la actitud belicosa, la batalla, la lucha, el enfrentamiento… el enemigo.

            Pero ni la armadura más brillante, no el yelmo más fiero o a espada más afilada hacen o definen a un Guerrero de la Luz. Desde luego tampoco la presencia de un enemigo. No es la figura de un adversario lo que da sentido a un Guerrero de la Luz. ¡Menudo poder tendría el tal adversario, si su existencia justificase la nuestra! No. Nada de eso. Un Guerrero de la Luz no se define por lo que tiene ni por lo que hace. Un guerrero de la Luz se define por lo que es: UN GUERRERO DEL CORAZÓN.

Os dejo la última conferencia con la que amplío la información que aparece en el libro a cerca de nuestro compromiso con la Luz.

Espero que os resulte de utilidad. Disfrutadla.

EN RADIO LA MARINA FM

El pasado miércoles (16-marzo -2016) estuve en el programa “Más allá de la Tierra”, de la emisora barcelonesa La Marina FM. Estuve hablando del libro y de los temas colaterales que fueron surgiendo: cuál es el momento actual, qué es un Guerrero de Luz, cuál es la misión colectiva hacia la que vamos…

Para que lo podáis disfrutar o incluso descargar, os dejo el enlace.

http://m.ivoox.com/94-programa-mas-alla-tierra-radio-audios-mp3_rf_10843470_1.html

Tras el programa, esto es lo que escribió Martín Villaverde (director del mismo) en la revista digital de la emisora:

Nueva edición, nuevo programa y por las ondas volaban mensajes de Palabras de ángel, las que en aquella mesa se compartieron.

[…]

Gabriel Padilla y su libro Metafísica angélica para la Llamada del guerrero (2012-2020)  y la potencia de su enseñanza nos hizo subir al cielo, bajar a la tierra con la energía que comunicaba su experiencia de vida, convertida ya en misión y nos dejó su sabiduría. Resalto la palabra “Integrar”… Y si quereis saber más en breve se compartirá el audio. Mientras podéis encontrarlo en Youtube y en su blog: caminantedeluz.wordpress.com.

Espero que os guste.

La “Llamada del Guerrero”

Estamos viviendo un momento crucial, en el marco de la evolución colectiva. Estamos viviendo un período que habrá de marcar, orientar o reorientar los procesos venideros en esta progresión imparable del proceso de Ascensión. Dependerá de si aceptamos el protagonismo que el trayecto pone sobre la mesa o si decidimos escondernos bajo la misma, utilizándola como soportal, a la espera de que el tiempo amaine, bajo el coste que en la progresión individual y colectiva ello supondría, (como si en realidad esto fuese una opción).

El año 2012 fue un hito. Todo el mundo, desde muchos años atrás, se ocupaba de lo que ocurriría a partir de entonces. Tergiversando las profecías mayas, algunos ya vislumbraban el fin del mundo. Otros en cambio, en el extremo más opuesto, esperaron la llegada de una nueva aurea aetas, donde aparentemente sin mayor esfuerzo del que supone deshojar el calendario, todos habríamos alcanzado el nivel ascensional pertinente a la fecha. Y bien mirado, eliminando en ambas la fantasía mitológica, si las llevamos a un punto medio, en realidad,  ambas tuvieron su parte de razón.

Entre el famoso portal del 12/12/12 y el solsticio del 21/12/12 tuvieron lugar dos hechos de una relevancia fundamental. Las energías acuarianas, llegadas muchos años atrás, al fin asentaron definitivamente su anclaje. Correlativamente también lo hicieron sus nuevas directrices: promoción de la automaestría, ponderación del bien común, individualidad colectiva y colectividad individualizada (igualitarismo entre la parte y el todo)… A la par, culminó un proceso ascensional gracias cual la densa tercerdimensionalidad en la que nos desenvolvemos incorporaba rasgos de cuarta y quinta dimensión. Gracias a ello, el velo interdimensional empieza a diluirse y nuestras identidades terrenas pueden permeabilizar cada vez más –esto es un proceso que ya había ido produciéndose a medida que se acercaba esta confluencia interdimensional–– características o capacidades propias de la multidimensionalidad a la cual pertenecemos como seres de Luz: capacidades co-creadoras, manejo de energías frecuencialmente elevadas, acceso a Registros de conciencia colectiva, a nuestras propias identidades de Luz, a los hermanos de planos etéricos… etc.

Ambas posturas recogían, en cierta medida, su parte de verdad, como dije líneas arriba. El famoso cambio de una, resulta obvio. El proceso de Ascensión de la otra también. Incluso el concepto a priori pueril de una evolución “a golpe de calendario” sin que se tuviera que mover un dedo. Y, bueno, en parte, hay procesos que así ocurren. El cambio de Era es una conjunción astrológica. Se produce cada 2.500 años aproximadamente. El influjo de dichas conjunciones marcan el devenir de los logros colectivos así como las dinámicas para alcanzarlos. La misión colectiva, global, que diríamos, para alcanzar el siguiente paso. Ahora bien, que una nueva Era llegue no significa que todo esté a punto para acogerla. Especialmente en los primeros ¿muchísimos? años de la misma. Básicamente cuando no se han acabado de hacer del todo bien los deberes.

Nuestra presencia en la Tierra es un camino de integración. El planeta nos brinda la oportunidad de vivir una serie de experiencias evolutivas a la vez que a través de estas nosotros podemos trabajar sobre el terreno para ayudar a trascender su densidad. No ha sido fácil. Nosotros, identidades de Luz creadas en el origen de los tiempos, inmortales, multidimensionales, hemos tenido que luchar por lograr evolucionar unos “recipientes” que nos permitieran llevar a cabo tal labor.

La Era de Piscis, para no alargarme en lo que ya expongo en mi libro Metafísica angélica para la Llamada del Guerrero (2012-2020), constituía la culminación  de este proceso. Nuestras identidades terrenas al fin alcanzaron un importante cenit evolutivo a nivel físico, intelectual y de comprensión de la realidad que le rodeaba. Debía de ser la Era donde nos integrásemos definitivamente en el terreno, pero desde la conciencia, para su apoyo y desde nuestro propio proceso. Sin embargo, la comprensión del mundo sólo nos sirvió para domeñarlo a nuestro antojo. La comprensión de la materia, a utilizarla como arma de poder. Incluso los grandes mensajes (las religiones) se pervirtieron ante un protagonismo excesivo del ego. Asumimos una conciencia de individualidad superior que nos hizo pasar, no ya por encima de los reinos naturales, sino incluso por encima de nuestros propios hermanos. El poder sin conciencia crea tiranos.

Baste echar un vistazo al último siglo de la Era Piscis para entender: capitalismo feroz; dictaduras, guerras mundiales, genocidios, holocausto, campos de refugiados…; bombas atómicas, nucleares; desaparición por minutos de especies animales o vegetales; agotamiento de recursos; desigualdades entre norte y sur, oriente y occidente, macroeconomías al servicio de corporaciones…

Lo que en estos momentos estamos viviendo es el choque de los deberes que no se hicieron en Piscis con la nueva corriente acuariana. Pero con un problema añadido. La ruptura de velos interdimensionales hace que nuestras capacidades para co-crear nuestra realidad sean cada vez más fuertes. Ahora el poder (en cualquiera de sus vertientes y manifestaciones), sin conciencia y con una capacidad de generar realidad a su alcance sin precedentes nos exige actuar. Esa es la “Llamada del Guerrero”.

Tal y como se me dijo, y tal y como vengo difundiendo desde hace tres años, así es como se ha venido en llamar el período que abarca el 2012 y el futuro 2020/2021. Un período donde se nos insta al servicio. A un servicio activo, proactivo, consciente respecto de la realidad que nos circunda. Un servicio que reoriente, supla, enderezca cuanto no se corresponda con las leyes universales del Bien Común, de cuanto promocione un progreso real, alejado de cualquier pretensión de ego propio o ajenos, de todo cuanto contravenga la Justicia y el Amor entre los seres o los Reinos de la naturaleza, de todo cuanto no entienda que la evolución o es global o no es evolución.

Estimado/a Guerrero. El Universo te ampara. Tienes información y todos los recursos a tu alcance. Sólo tienes que tener oídos para oír y ojos para ver. Estimado/a Guerrero/a: ¿estás dispuesto/a a hacer aquello que sabes que tienes que hacer?

Gabriel Padilla

Artículo-resumen de los expuesto en el prólogo de mi libro  Metafísica angélica para la Llamada del Guerrero (2012-2020), publicado en el segundo número (marzo-abril) de la revista digital AmmaElha

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Conferencia: Los 10 errores de la espiritualidad

¿Qué es la espiritualidad? ¿Qué tengo que hacer para “ser” espiritual? ¿Y en qué consiste exactamente lo de “ser espiritual”? ¿Se puede ser espiritual en los tiempos actuales?

Hace un tiempo recogí en un post los 10 errores (ver). Os dejo hoy la conferencia que realicé para la plataforma Mindalia Televisión el pasado mes de octubre a cerca de uno de los temas más importantes de los que trato en mi libro Metafísica angélica para la Llamada del Guerrero (2012-2020).

 

 

El Grial o los atajos del Guerrero de Luz

Hay una historia, la de Perceval, el caballero espiritual por excelencia, que resulta tan útil como significativa a la hora de entender algunos errores en nuestra andadura de progresión espiritual como Guerreros de la Luz.

La historia la conocemos por la pluma de Chrétien de Troyes, en Perceval o el cuento de Grial. Dice el autor que Perceval era el único hijo vivo de tres hermanos al cual su madre, la Dama Viuda, intentó preservar de la violencia en favor de la pureza criándolo en un apartado bosque, alejado del mundo y del contacto con la gente. Carente de experiencias, el joven creció malcriado, ingenuo, sin conocer la vergüenza, el miedo o la necesidad de pedir perdón,

Cuenta el autor que un día dos caballeros de la corte del rey Arturo cruzaron el bosque donde vivían madre e hijo. Y que Perceval se sintió absolutamente fascinado. Tanto que decidió, aún con la oposición de su madre, decide emprender la marcha a la corte. Quería ser uno de esos caballeros de reluciente armadura y caballo engalanado. El día que emprende el camino de la corte se marcha con tres consejos de su madre: la necesidad de la prudencia, no hablar nunca con desconocidos y que jamás hiciese preguntas. La frustración y el dolor de esta hace que caiga muerta mientras ve a su hijo partir. Este, ilusionado, ve la escena pero no siente más necesidad que la de seguir adelante.

El joven Perceval llega a Camelot. Irrumpe en el salón donde se encuentra Arturo y sus caballeros, sin ningún tipo de modales, pero nadie presta atención dado que se encuentran en medio de un grave episodio de afrenta: un oscuro caballero acababa de propinar una bofetada al Rey y ofendido a la reina. El recién llegado toma una pequeña lanza y, antes de que nadie pueda reaccionar lo mata y se queda con su armadura. Sintiéndose ya un caballero se marcha de la corte, sin esperar a que Arturo le otorgue tal nombramiento, dispuesto a vivir aventuras.

No tarda en descubrir que ni sabe conducir el caballo que ha tomado, ni manejarse con la armadura. Es entonces cuando la providencia le pone en el camino a un viejo maestro que le enseña el arte de la caballería que tanto le falta. A partir de aquí, Perceval vivirá muy diversas aventuras que le harán conocer el amor (de la bella Blancaflor) y convertirse en un verdadero caballero, justo, noble y leal a su rey, Arturo. Es entonces cuando, en su vida errante, llega a un paraje agreste, estéril, seco; sin apenas vegetación, ni vida. Allí mora el anciano Rey Pescador, que le invita a su castillo, el castillo del Grial.

El joven se encuentra, al entrar con un banquete presidido por el propio monarca (que momentos antes había dejado en el lago pescando). Éste le entrega una espada que de ser mal utilizada, se quebrará en mil pedazos y a continuación se abren las puertas y se inicia un extraño cortejo que le deja fascinado: sale un joven con una lanza que goteaba sangre, unos sirvientes le siguen con candelabros de oro y a continuación sale una joven portando el Grial del que emana una luz maravillosamente deslumbrante, pura, excelsa, que lo inunda todo. En presencia de tan magnífico objeto el banquete prosigue y es tan copiosa la comida, la bebida y la luz que emana del Grial que el caballero pierde el sentido. Al despertar, abrumado, encuentra el castillo vacío. No hay nadie. Ni rastro del banquete ni del Grial. Al salir, una joven le hace saber que estaba en su mano romper la maldición que pesaba sobre esas tierras y su monarca. Bastaba con haber hecho una sencilla pregunta para que el rey recobrara su salud y la tierra su prosperidad. Bastaba con que hubiese preguntado: “¿qué es el Grial?”

Son muchas las lecciones que se reflejan en esta historia, hábiles para cualquier Guerrero de la Luz en estos días. La principal de todas es que en el camino evolutivo no sirven coger, si no queremos pisar en falso como ocurre al joven Perceval.

Como expongo ampliamente en el libro La Llamada del Guerrero son tres los pasos evolutivos por los que un Guerrero de la Luz debe transitar. El primero de ellos es el más importante: todo guerrero debe de conquistar su propia libertad. La libertad de apegos, patrones limitadores (psicofamiliares, sociales…), las etiquetas impuestas, los reacciones instintivas proveniente de las propias sombras, las necesidades o imposiciones ajenas… Sólo así, el Guerrero puede ver el mundo con ojos limpios, sin máscaras ni filtros deformantes. Es entonces cuando puede ser, el segundo de los pasos, consciente de la verdad que él es y de la verdad que le rodea; de quién es en realidad y de qué función debe / puede cumplir.  A partir de ahí, el tercer paso no es más que una mera consecuencia de esto último. Es cuando el Guerrero pasa a la acción.

Aplicado al texto podemos entender ahora por qué Percelval no alcanza el Grial. El joven toma conciencia de que su lugar está en la caballería, pero lo hace desde el capricho, el deslumbramiento… No hay trabajo alguno en él. Llega a vestir las armas por su propio deseo, sin preparación o instrucción alguna, con el desconocimiento de lo que implica ser un caballero. ¿No os suena a mucha gente de la que encontramos en el camino que pretende “estar” sin “ser”? ¿Qué a golpe de título, curso o teoría enciclopédica obvia experiencia, dedicación y se coloca en primera línea? La historia de Perceval demuestra que cuando uno está en el camino que debe, que cuando uno es consciente le surge el maestro adecuado que le proporciona el adiestramiento que, posteriormente dará frutos en base a nuestro esfuerzo y ganas de no desaprovechar la oportunidad de seguir aprendiendo por el camino.

Pero ¿por qué pierde el Grial si ya parecía un caballero hecho y derecho? Volvamos de nuevo a la base de todo. Porque ni el maestro, ni la teoría, ni la práctica externa sirven de nada si nos hemos saltado el primer paso, si no hemos trabajado nuestro interior. En el caso de Percival, ante la visión tan resplandeciente objeto  mantuvo a rajatabla el tercer consejo que le diera su madre al partir: no harás preguntas.

La madre impuso su visión del mundo, su necesidad a tenor de la vida que había vivido. El temor a que la misma violencia que acabó con sus dos hijos mayores le arrebatase al último le hizo decidir sobre la vida de este para que viviese conociendo únicamente la pureza y la virtud. ¿Pero es la virtud lo que el joven conocía? ¿O el resultado del miedo y la necesidad de esta, que muere al ver cómo se trunca su plan de vida? Lo que me lleva a pensar en la de padres que llevan a sus hijos a yoga, a ballet, a fútbol o los inician en Reiki sin contemplar más allá de lo que ellos y para ellos (para sí mismos) consideran bueno. [¿Qué hace un niño de 8 años con una herramienta de sanación como Reiki, entre sus manos?]. ¿Puede la virtud, la progresión personal inculcarse desde fuera o debiera ser un acto consciente, propio, deseado y autorresponsable?

Sea por pretender “estar” sin “ser”, o sea por pretender que otros “sean” sin “estar” cuántos encuentros con nuestro  Grial no habremos echado a perder…

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[Fragmento de mi libro Metafísica angélica para la Llamada del Guerrero (2012-2020), pp.186-195]


“Según la perspectiva que se tome, estos errores se dividen en dos grandes grupos. Los primeros son aquellos que miran desde abajo hacia Arriba. Desde una posición de presente adolecemos por ese mundo perfecto que nuestro cerebro ha idealizado. Un mundo completamente separado del nuestro, en el que presumimos no existe ninguno de los males que padecemos en nuestra vida cotidiana. Un mundo al que hemos pertenecido y al que anhelamos volver, en tanto en cuanto consideramos es el mundo que realmente nos corresponde, lo que nos incita a no escatimar en hacer méritos que nos lleven de vuelta a él. Estos errores suponen una búsqueda de aquello que creemos no tener o que hemos perdido y, a las claras, suponen una huida –o la necesidad de escape– de una realidad presente que no aceptamos o nos negamos a asumir.

El segundo grupo es aquel que adopta una perspectiva distinta. Es cuando adoptamos una postura de un presunto Arriba y actuamos desde ahí, en este aquí abajo que en realidad nunca hemos abandonado. Desde tal posición nos esforzamos y nos forzamos a asumir un papel, una autoridad y una responsabilidad que en absoluto nos corresponde, una vez más en base a lo que nosotros creemos que debe ser. Forman parte de uno de los grandes engaños del ego y dado que son los errores más activos, constituyen los más peligrosos ya que la persona está poniendo todo su ejercicio en un puro espejismo.

Primer error: el concepto de “espiritualidad”. Es un concepto antiguo que venimos manteniendo de cuando la vida terrenal se veía separada de la realidad etérica, contemplada como la “otra vida” a la que accedíamos al transformarnos en espíritu, tras la muerte. Actualmente este concepto tan genérico ha venido a acaparar todo cuanto se relaciona con lo transpersonal y a tenor de cuanto sabemos hoy día respecto del funcionamiento del Universo y respecto de nuestras realidades dimensionales, a todas luces resulta no ya obsoleto, sino erróneo. Con la muy bien intencionada misión de englobar todo cuanto resulte inmaterial tal nomenclatura mantiene unas connotaciones que desvían la realidad, al poner su foco en un falso distanciamiento entre partes, conocimientos, realidades, que ya sabemos que no son sino uno/a. Nosotros y nuestro Yo Superior somos lo mismo, aun en vibración distinta, distinto plano y distinta conciencia.

Segundo error: el rechazo del mundo material. Es sin duda uno de los más antiguos. Este error se debe a una idealización exacerbada de la realidad etérica de la que venimos hablando. Entendemos que la materia nos impide ser quienes realmente somos. La que nos aprisiona, la que nos lastra y obliga a permanecer en un mundo que no es el que nos corresponde. Y hacemos cuanto podemos por intentar romper lo que entendemos como sus limitaciones. Antiguamente místicos y gurús lo hacían mediante ayunos, rezos, lecturas, retiros, mortificaciones del cuerpo… También culpabilizamos desde este error, además, a la realidad circundante (social, política, económica…) que en poco facilita nuestra pretensión y nos obliga a actuar fuera de nuestra conciencia. Pretendemos huir o establecer una separación que nos permita ser, cuando lo que en realidad deberíamos es saber estar, asumiendo nuestra responsabilidad de servicio en el aquí y ahora, porque es en el aquí y ahora donde está nuestro aprendizaje.

Tercer error: querer ser. Si en los dos casos anteriores encontrábamos claramente dos situaciones de huida, tanto en este tercer error como en el siguiente encontramos un matiz distinto: una huida hacia adelante. Es este un error muy cerebral. Seguimos en la dinámica de aceptar la parte celeste como la única buena, correcta y adecuada, esta vez con la diferencia de pretender vivirla en el aquí y ahora como si de la única fórmula viable se tratase; de una manera militante, mental. Esto nos conduce a un serio problema: querer no nos deja ser. Intentando llevar el control de lo que no es posible controlar quizá no estemos dejando espacio para la manifestación de quienes realmente somos o de lo que tengamos que hacer. Y tal vez estemos empeñados en algo que no tiene razón de ser con lo que además de no estar en el puesto que nos toca, cumpliendo con nuestro cometido, pudiera ser que estemos invadiendo el de algún otro con el perjuicio que ello supone.

Cuarto error: la “gula espiritual”. Es otro de los grandes errores originados por el intelecto que pretende entender y controlar. Cuando caemos en él simplemente nos preocupamos de saber, de acumular conocimientos, lecturas, cursos, seminarios, charlas, técnicas… sin más objetivo que el de entenderlo todo, pretendiendo llegar hasta la última consecuencia. Un proceso que lejos del anhelo original, acaba por promocionar la inacción, el hastío y el abandono dado que no conseguimos más que perdernos en la búsqueda. En primer lugar porque semejante afán de alcanzar a comprender la verdad última resulta una auténtica quimera que jamás lograremos. En segundo lugar porque al carecer de criterio u objetivo alguno lo que obtenemos es un anárquico caos del que no podemos sacar provecho alguno.

Quinto error: la “golosina espiritual”. De tal error ya advertía, en el siglo XVI, san Juan de la Cruz. Decía que quienes caen en este error “en sí son […] semejantes a los niños, que no se mueven ni obran por razón, sino por el gusto. Todo se les va a estos en buscar gusto y consuelo del espíritu, y para esto nunca se hartan de leer libros, y ahora toman una meditación, ahora otra, andando a la caza de este gusto con las cosas de Dios. A los cuales se les niega Dios muy justa, discreta y amorosamente, porque si esto no fuese, crecerían por esa gula y golosina espiritual en males sin cuento”. A primera vista en poco parece distanciarse del anterior, pero nada tiene que ver. Mientras aquel consistía en una compilación en aras de un entendimiento racional, cerebral, de un acto de control, en este caso de lo que se habla es de la adquisición de un provecho interior. Nada cabría objetar de no ser porque es precisamente la rentabilidad emocional o social lo que prima frente a hacer, a ser o a estar, frente al servicio que, para ser tal, debe quedar por entero libre de cualquier interés o satisfacción, incluido/a el/a personal.

Sexto error: la exageración. Este es un error muy común en el que habremos caído todos. Si estuviésemos hablando de lenguaje, sería lo que conocemos como hipercorrección. Bajo este error pretendemos atender y vivir tan exquisitamente bien nuestra parte transpersonal que, perdiendo el sentido de toda lógica, acabamos malmetiendo nuestra labor y por supuesto yendo en contra de nosotros mismos. Por él nos forzamos y esforzamos en funcionar tal y como los Seres de Luz que somos –tal y como nuestra imaginación nos da a entender– y convertimos la humildad en empequeñecimiento abnegado, el perdón en resignada aceptación, la fe en inacción pura…Nos negamos cualquier sentimiento que no sea felicidad, bienestar… Obligándonos a no enojarnos, a no preocuparnos… A reprimir cualquier reacción instintiva, a rectificar pensamientos y palabras que se alejen de los dictámenes de lo que nosotros suponemos Luz. Cuidándonos muy mucho de no caer ni vernos influidos o contagiados por ninguna de las aborrecibles manifestaciones de Oscuridad que nos acechan para trabar nuestras vidas y hacernos caer en desgracia.

Séptimo error: somos especiales. Este es también de los más comunes que solemos cometer cuando asumimos la parte de la transpersonalidad que conocemos y que nos lleva a darnos cuenta de que somos mucho más que un oficinista, una profesora, un número en el banco. Cuando asumimos que en realidad no importan tanto las facturas, la casa, las discusiones con los vecinos, con la familia… que nuestra vida cotidiana no es más que una parte incompleta del Ser que realmente somos y que podemos llegar a descubrir. Nada resulta reprochable hasta aquí, dado que todo cambio de conciencia conlleva un despertar interior que te hace ver la vida de una manera distinta. Siempre y cuando entendamos que en la medida en que nosotros somos especiales también lo es el resto de la gente, por lo que deberíamos afianzar aún más si cabe nuestra labor de servicio hacia un Bien Común de provecho y evolución, alejados de sobrevalorarnos por un ego henchido o de caer en una autocontemplación que nos conduzca hacia un autojustificado aislamiento del mundo, cuando no a un autojustificado rechazo del mundo.

Octavo error: el destino suprahumano. A veces viene en conjunción o a colación del anterior. Preponderar la misión terrena por encima de la propia vida terrena es uno de los grandes errores en los que podemos caer. Más allá de quienes seamos cósmicamente, nuestro destino se encuentra en nuestro presente. Nuestra labor también. No podemos menos-preciar el entorno en el que estamos porque precisamente es este el que nos va a proporcionar las experiencias y los aprendizajes para que podamos llevar a cabo la evolución que pretendemos. Una evolución que nosotros desconocemos y que puede esconderse en lo que al parecer de nuestro ego resulte lo más vulgar y menos significativo de este mundo, mientras nosotros seguimos empecinados en misiones que consideramos más interesantes.

Noveno error: la autoconfianza espiritual. Este es uno de los errores más dañinos. Alice Bailey lo define como “los principios astrales del discípulos”. Cuando caemos en él justificamos nuestros pasos, nuestros actos, nuestras palabras, en base a una realidad interior que hemos fraguado como verdad totémica, única e incuestionable que nos lleva a contemplar el mundo, las personas o las situaciones bajo nuestro prisma irrecusable. Y lo que es peor, no dudamos en manifestarla, imponerla o en vapulear a cualquiera que nosotros consideremos merecedor de una lección de vida.

Décimo error: la salvación espiritual. De nuevo otro de los grandes errores en los que caemos. Cuando entendemos que nuestro camino, que el proceso por el que hemos pasado, es de utilidad para todo el mundo. Cuando nos aventuramos además a intentar ser salvadores de los demás, creyendo que los demás tienen que ser salvados. Es un grandioso error no entender la premisa básica de que la evolución de cada uno es personal e intransferible, que no existen fórmulas ni atajos para la resolución de nada y de que cada uno tiene su tempo de evolución, su modo de resolver las disyuntivas que la vida le plantea, que no tiene por qué ser igual al de ningún otro.

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