El Grial o los atajos del Guerrero de Luz

Hay una historia, la de Perceval, el caballero espiritual por excelencia, que resulta tan útil como significativa a la hora de entender algunos errores en nuestra andadura de progresión espiritual como Guerreros de la Luz.

La historia la conocemos por la pluma de Chrétien de Troyes, en Perceval o el cuento de Grial. Dice el autor que Perceval era el único hijo vivo de tres hermanos al cual su madre, la Dama Viuda, intentó preservar de la violencia en favor de la pureza criándolo en un apartado bosque, alejado del mundo y del contacto con la gente. Carente de experiencias, el joven creció malcriado, ingenuo, sin conocer la vergüenza, el miedo o la necesidad de pedir perdón,

Cuenta el autor que un día dos caballeros de la corte del rey Arturo cruzaron el bosque donde vivían madre e hijo. Y que Perceval se sintió absolutamente fascinado. Tanto que decidió, aún con la oposición de su madre, decide emprender la marcha a la corte. Quería ser uno de esos caballeros de reluciente armadura y caballo engalanado. El día que emprende el camino de la corte se marcha con tres consejos de su madre: la necesidad de la prudencia, no hablar nunca con desconocidos y que jamás hiciese preguntas. La frustración y el dolor de esta hace que caiga muerta mientras ve a su hijo partir. Este, ilusionado, ve la escena pero no siente más necesidad que la de seguir adelante.

El joven Perceval llega a Camelot. Irrumpe en el salón donde se encuentra Arturo y sus caballeros, sin ningún tipo de modales, pero nadie presta atención dado que se encuentran en medio de un grave episodio de afrenta: un oscuro caballero acababa de propinar una bofetada al Rey y ofendido a la reina. El recién llegado toma una pequeña lanza y, antes de que nadie pueda reaccionar lo mata y se queda con su armadura. Sintiéndose ya un caballero se marcha de la corte, sin esperar a que Arturo le otorgue tal nombramiento, dispuesto a vivir aventuras.

No tarda en descubrir que ni sabe conducir el caballo que ha tomado, ni manejarse con la armadura. Es entonces cuando la providencia le pone en el camino a un viejo maestro que le enseña el arte de la caballería que tanto le falta. A partir de aquí, Perceval vivirá muy diversas aventuras que le harán conocer el amor (de la bella Blancaflor) y convertirse en un verdadero caballero, justo, noble y leal a su rey, Arturo. Es entonces cuando, en su vida errante, llega a un paraje agreste, estéril, seco; sin apenas vegetación, ni vida. Allí mora el anciano Rey Pescador, que le invita a su castillo, el castillo del Grial.

El joven se encuentra, al entrar con un banquete presidido por el propio monarca (que momentos antes había dejado en el lago pescando). Éste le entrega una espada que de ser mal utilizada, se quebrará en mil pedazos y a continuación se abren las puertas y se inicia un extraño cortejo que le deja fascinado: sale un joven con una lanza que goteaba sangre, unos sirvientes le siguen con candelabros de oro y a continuación sale una joven portando el Grial del que emana una luz maravillosamente deslumbrante, pura, excelsa, que lo inunda todo. En presencia de tan magnífico objeto el banquete prosigue y es tan copiosa la comida, la bebida y la luz que emana del Grial que el caballero pierde el sentido. Al despertar, abrumado, encuentra el castillo vacío. No hay nadie. Ni rastro del banquete ni del Grial. Al salir, una joven le hace saber que estaba en su mano romper la maldición que pesaba sobre esas tierras y su monarca. Bastaba con haber hecho una sencilla pregunta para que el rey recobrara su salud y la tierra su prosperidad. Bastaba con que hubiese preguntado: “¿qué es el Grial?”

Son muchas las lecciones que se reflejan en esta historia, hábiles para cualquier Guerrero de la Luz en estos días. La principal de todas es que en el camino evolutivo no sirven coger, si no queremos pisar en falso como ocurre al joven Perceval.

Como expongo ampliamente en el libro La Llamada del Guerrero son tres los pasos evolutivos por los que un Guerrero de la Luz debe transitar. El primero de ellos es el más importante: todo guerrero debe de conquistar su propia libertad. La libertad de apegos, patrones limitadores (psicofamiliares, sociales…), las etiquetas impuestas, los reacciones instintivas proveniente de las propias sombras, las necesidades o imposiciones ajenas… Sólo así, el Guerrero puede ver el mundo con ojos limpios, sin máscaras ni filtros deformantes. Es entonces cuando puede ser, el segundo de los pasos, consciente de la verdad que él es y de la verdad que le rodea; de quién es en realidad y de qué función debe / puede cumplir.  A partir de ahí, el tercer paso no es más que una mera consecuencia de esto último. Es cuando el Guerrero pasa a la acción.

Aplicado al texto podemos entender ahora por qué Percelval no alcanza el Grial. El joven toma conciencia de que su lugar está en la caballería, pero lo hace desde el capricho, el deslumbramiento… No hay trabajo alguno en él. Llega a vestir las armas por su propio deseo, sin preparación o instrucción alguna, con el desconocimiento de lo que implica ser un caballero. ¿No os suena a mucha gente de la que encontramos en el camino que pretende “estar” sin “ser”? ¿Qué a golpe de título, curso o teoría enciclopédica obvia experiencia, dedicación y se coloca en primera línea? La historia de Perceval demuestra que cuando uno está en el camino que debe, que cuando uno es consciente le surge el maestro adecuado que le proporciona el adiestramiento que, posteriormente dará frutos en base a nuestro esfuerzo y ganas de no desaprovechar la oportunidad de seguir aprendiendo por el camino.

Pero ¿por qué pierde el Grial si ya parecía un caballero hecho y derecho? Volvamos de nuevo a la base de todo. Porque ni el maestro, ni la teoría, ni la práctica externa sirven de nada si nos hemos saltado el primer paso, si no hemos trabajado nuestro interior. En el caso de Percival, ante la visión tan resplandeciente objeto  mantuvo a rajatabla el tercer consejo que le diera su madre al partir: no harás preguntas.

La madre impuso su visión del mundo, su necesidad a tenor de la vida que había vivido. El temor a que la misma violencia que acabó con sus dos hijos mayores le arrebatase al último le hizo decidir sobre la vida de este para que viviese conociendo únicamente la pureza y la virtud. ¿Pero es la virtud lo que el joven conocía? ¿O el resultado del miedo y la necesidad de esta, que muere al ver cómo se trunca su plan de vida? Lo que me lleva a pensar en la de padres que llevan a sus hijos a yoga, a ballet, a fútbol o los inician en Reiki sin contemplar más allá de lo que ellos y para ellos (para sí mismos) consideran bueno. [¿Qué hace un niño de 8 años con una herramienta de sanación como Reiki, entre sus manos?]. ¿Puede la virtud, la progresión personal inculcarse desde fuera o debiera ser un acto consciente, propio, deseado y autorresponsable?

Sea por pretender “estar” sin “ser”, o sea por pretender que otros “sean” sin “estar” cuántos encuentros con nuestro  Grial no habremos echado a perder…

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Un comentario

  1. Gracies per aquesta reflexió del Grial. Per avançar hem de treballar el nostre interior i afrontar amb llibertat les nostres pors i inseguretats. Vivim en un mon d aparences i ens perdem i enganyem a nosaltres mateixos.
    Una abraçada Gabriel

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