La mochila o la gimcana de la vida.

Escrito por Gabriel Padilla

Nadie en la vida nace con un manual de instrucciones. Los padres novatos son muy conscientes de ello en cuanto se encuentran con su retoño en un brazo mientras sujetan en el otro el gran interrogante de “¿y ahora qué?”, sintiendo que realmente ellos son los que están en pañales. Para el niño, el problema sigue siendo exactamente el mismo: ¿y ahora qué? La solución, para ambos, acaba resultando la misma: tener que fiarse de padres, tías, abuelas y demás congéneres que parezcan saber todo o parte, a cerca del funcionamiento de este mundo nuevo que se abre ante nosotros, basto y enigmático.

Al principio todo es fácil. Todo nos es resuelto. No tenemos problemas de identidad: sabemos que somos como mamá, con la nariz de papá pero en lo demás igualito al bueno de tío Paco, en paz descanse. Se ocupan de cambiarnos la ropa de invierno o verano, según convenga el tiempo y la sensación térmica de nuestra madre. Se nos proporciona un kit de supervivencia: no hables con desconocidos; no abras la puerta a nadie que los de casa tenemos llave; cómetelo todo, que en las últimas cucharadas están las vitaminas… Y se nos lleva de la mano, de acá para allá. Pronto conocemos a más gente que nos aporta más instrucciones y herramientas con las que completar nuestro equipaje. Todos se ocupan de proporcionarnos cuanto podamos necesitar para el viaje. Todo va sobre ruedas, como nuestra mochila.

Mas el tiempo transcurre. Empezamos a vivir la aventura desde nuestra óptica. Entendemos que quizá el camino de los demás no sea el nuestro. Tomamos nuevos rumbos, según nuestra brújula. Vamos quemando etapas. Es la ley natural del juego. Pero nos damos cuenta de que, en demasiadas ocasiones, llegamos tarde, mal o nunca a donde queremos. Que la rectitud de nuestros pasos en realidad va trazando una curva tan sumamente amplia e imperceptible que al cabo siempre nos retorna al punto de partida. El tiempo pasa, las etapas no se suceden, mas la vida nos exige ese conocimiento para continuar adelante. Echamos la culpa a los desniveles, al tiempo, al organizador de la prueba… ¡Seguro que hay “compañeros” que cambian las pistas para que otros no lleguemos! Todo nos resulta tan cansado…tan cansino… Los abnegados no se plantean que pueda resultar de otro modo, y deciden tirar para adelante, contra viento y palmera. Los hay que se sientan, muy listos ellos, a la espera de que el juego acabe; el capitán Araña que lo embarcó en esto, ya vendrá a buscarle cuando se canse de jugar con él. Otros, en cambio, optan por ir a remolque de los demás, compartiendo penas, quejas y errores. Estos se reconocen porque a veces adoptan el papel de bufón del grupo, como arancel auto-impuesto por una aceptación que él mismo presume pero que, realmente, casi nunca ratifica nadie. Sin embargo no es ninguno de estos jugadores los interesantes para el juego. Los verdaderamente interesantes son los inconformistas. Y no los inconformistas incendiarios. Me refiero a los inconformistas prácticos.

Es cierto que las instrucciones del juego no nos van a ser reveladas, independientemente de las reglas básicas -si se suman esfuerzos los beneficios colectivos se multiplican; si se restan individualidades, las tareas resultarán proporcionalmente divididas-. La incertidumbre forma parte de la animación del mismo. Pero en esta vida se ha de ser práctico y cualquier viaje largo exige comodidad. Es entonces cuando el inconformista se plantea: ¿realmente es necesario llevar unas botas tan estrechas, como decía la abuela? ¿Es siempre mejor ir por la carretera principal? ¿La línea recta es el mejor camino a seguir entre dos puntos? ¿Hace falta llevar tantas cosas en la mochila? Aparentemente todo era útil, les había sido útil a quienes me la empezaron a hacer para el viaje. ¿Y si la reviso? Quizá haya cosas que resulten prescindibles…

Héte tú aquí que el inconformista práctico se quita la mochila, se sienta tranquilamente un minuto y saca todo cuanto contiene. ¡Madre de Dios, cuántas cosas caducadas e inútiles! Se mira en el espejo de sus padres y el reflejo resulta ser tan distinto… Abre las latas de supervivencia que debían socorrerle en caso de urgencia y es tanta y tan rancia la podredumbre que encuentra… El mapa, el antiguo mapa, aparentemente tan fiel y exacto, ¿por qué está lleno de caminos tachados? ¿Alguna vez alguien se aventuró por ellos? ¿Quizá tío Paco, en paz descanse, entre  prostíbulo y prostíbulo?

En el primer contenedor que encuentra se deshace de todo cuanto le resulta inservible: recortes de monstruos imaginarios, árboles genealógicos con ramas podadas, diarios de falsas aventuras, tradiciones enlatadas en el miedo, bibelots recordando “el odio estuvo aquí”… Es sorprendente. ¡Más de media mochila de instrucciones familiares y buenas intenciones! Se compra unas botas nuevas, de su número –es un gustazo poder estirar los dedos de los pies en su interior-  y con la mochila al hombro, ahora asombrosamente ligera, sin más en su interior que el fruto de la experiencia, útil y contrastada, y algo de comida, emprende de nuevo el camino.

Hay quien lo mira. Hay quien, al pasar por su lado, se lo queda mirando. ¡Debe de estar loco si piensa sobrevivir con una mochila tan pequeña! Él se limita a sonreír: “Debe de estar loco si piensa ir arrastrando semejante carromato”.

La vida se descubre ante él y él acepta los regalos que ésta le ofrece. Ya no teme a la oscuridad, ni a las inclemencias del tiempo. Acepta que son los ciclos naturales del Sol. Ya no odia la lluvia que tanto estorbaba al caminar, porque gracias a ella el campo se mantiene verde. No desconfía del extraño, ni de la mano tendida o el corazón abierto. Y descubre que sólo importa hoy, aquí, ahora junto con el aprendizaje de la experiencia, unas mudas muy ligeras pero máximamente efectivas. Porque sólo hoy, aquí y ahora el mundo es capaz de cambiar. Porque sólo hoy, aquí y ahora las mochilas pueden aligerarse tanto como para permitirnos disfrutar de esta maravillosa aventura en la que vivimos y llegar hasta el final sin roces, magulladuras o malos entendidos, luciendo una espléndida sonrisa digna de iluminar al mismo Dios.

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